“ES MEJOR MORIR DE PIE QUE VIVIR TODA UNA VIDA ARRODILLADO”

“ES MEJOR MORIR DE PIE QUE VIVIR TODA UNA VIDA ARRODILLADO”
Noticiero de la Sierra Norte
Por Carlos Castelán
Foto Especial
b_150_100_16777215_00_images_sierra_nacional_a_aazapata.jpgHoy con gran respeto cariño y admiración recordamos en el 99 Aniversario de la muerte del Héroe de Anenecuilco, (1919) a mi General Emiliano Zapata, El Caudillo del Sur, cobardemente asesinado por el gobierno en la Hacienda de Chinameca.

Zapata, como popularmente la gente se refiere a él, y es símbolo libertario en el mundo, fue uno de los “levantados”, líderes militares y campesinos más importantes de la Revolución Mexicana. Reivindicador de los derechos de los pueblos, la lucha social y la demanda de “Tierra y Libertad”, luchó valeroso al ser perseguido por reclamar el derecho de los pueblos indígenas, las masas campesinas y obreros en México. Luchó contra la oligarquía, la corrupción, el latifundismo y el abuso de los caciques y principales en zonas y comarcas selladas por el caciquismo.

Con principios libertarios y la demanda de “Tierra y Libertad” al gobierno de sometimiento de los pueblos, que desde la época del porfirismo sufría el país, Zapata unió a campesinos, indígenas y “gente de razón” con principios y comprometidos con su causa, para luchar de manera feroz contra el gobierno.

Cómo no recordar la impronta que lo llevó a luchar por su gente, y que el general Gildardo Magaña deja inscrito en su “Emiliano Zapata y el Agrarismo en México”:

Muy pequeño aún, con su hermano Eufemio, ayudaba en las faenas del campo a su padre. Alguna vez el honrado labriego comentaba uno de tantos despojos que de las tierras hacían las haciendas vecinas, y tuvo frases de justo y duro reproche para el Gobierno que toleraba aquellos sistemas de expoliación implantados por los ricos propietarios de los latifundios morelenses y que imponían la esclavitud peor que en los tiempos de la Dominación.

El pequeño Emiliano al oír aquellos angustiosos comentarios, dirigiéndose a su padre y al compañero con quien conversaba, en tono enérgico, revelador del firme y justiciero espíritu de aquel mozo, aún no adolescente, les preguntó:

- ¿Y por qué no se juntan todos ustedes los del pueblo y se apoderan de las tierras que les han quitado?

- No, hijo -replicó el bondadoso don Gabriel, sonriendo con tristeza ante aquella proposición que él juzgaba ingenuidad de su pequeño retoño-, no seas tonto, contra el dominio de los señores hacendados nada se puede hacer; ellos lo tienen todo.

- ¿No se puede? Dejen que yo crezca y verán si yo puedo recuperar las tierras que nos han quitado -replicó enérgicamente el jovenzuelo.

Ninguna importancia se dio a aquel ofrecimiento, pero en la mente del hijo quedaron grabadas las palabras del padre.

Zapata trabajó como labrador y arriero, fue arrendador de caballos. El día 15 de junio de 1897, en Anenecuilco, Morelos, al celebrar una fiesta pueblerina, Emiliano Zapata, de 20 años de edad, fue aprehendido por la policía del lugar, por lo indomable de su carácter, y atado de codos con una reata, (cueteado) lo llevaban a la cárcel del pueblo. Su hermano Eufemio tuvo conocimiento del suceso, se dirigió, en compañía de un amigo, al encuentro de los policías, a quienes, pistola en mano, increpó duramente; con un cuchillo cortó la reata que sujetaba a Emiliano, quien, ya en libertad, tuvo que huir del pueblo en unión de su hermano.

Se encaminaron entonces hacia el Sur del Estado de Puebla, a la hacienda de San Nicolás de Tolentino, distrito de Matamoros, en la que prestaba sus servicios como empleado el señor Frumencio H. Palacios, originario de Cuautla, Morelos, viejo amigo de Eufemio y a quien éste le comunicó lo ocurrido. El señor Palacios, que conocía a aquellos rancheros como gente honrada, obtuvo en la cercana hacienda de Jaltepec una modesta colocación para Emiliano, como potrerero, la cual estuvo desempeñando a satisfacción de sus patrones, aproximadamente un año, tiempo en que su tío don José Merino pudo arreglar con las autoridades del lugar que no se le molestara.

Regresó, pues, a su pueblo en 1898, dedicándose a sus habituales labores agrícolas.

Los hacendados de Morelos no satisfechos con las exageradas extensiones de sus propiedades y apoyados por los gobernantes, hacendados también, y por los jueces venales, en cuyas manos la justicia era mercancía, valiéndose de chicanas, que constituían verdaderos actos delictuosos, consumaban el despojo de los ejidos de los pueblos que tenían la desgracia de colindar con sus feudos.

Tocó su turno a Villa de Ayala y a Anenecuilco y entonces Emiliano Zapata, encabezando a los principales perjudicados, acudió primeramente a profesionales de México, para que defendieran los derechos de sus convecinos y, más tarde, cuando vio que la justicia se impartía al antojo de los hombres del poder, convocó a los moradores de Ayala y de Anenecuilco, para invitarlos a defender, con las armas, las tierras de sus pueblos.

Esta actitud enérgica, valiente y justa, alarmó e indignó a los hacendados y a su aliado, el Gobernador de Morelos.

La leva se lo llevó, el odioso sistema para cubrir las plazas vacantes en el Ejército, de que tanto abusó el régimen de Porfirio Díaz implacable contra el débil y el desvalido, llevó a Zapata al cuartel del 9° regimiento de caballería que, en aquel entonces (1908), comandaba el coronel Alfonso Pradillo y guarnecía la plaza de Cuernavaca.

Entonces Zapata tuvo a su favor la influencia de hombres adinerados, entre los que se encontraba don Ignacio de la Torre y Mier, quien lo estimaba particularmente por su habilidad como charro, y debido a esto, sólo permaneció en las filas federales algo más de seis meses.

Al quedar en libertad fue invitado a pasar a la ciudad de México, por don Ignacio de la Torre, quien había adquirido unos finísimos caballos y deseaba que Zapata le arrendara dos de ellos. Fue al llamado, y años después contaba la honda huella que en su espíritu había dejado ver que en las mansiones señoriales de los hacendados, hasta los caballos, rodeados de toda clase de comodidades y de lujos, en elegantísimos pesebres, gozaban de la vida, como no era dable a los campesinos.

Poco después intentó dedicarse de nuevo a las tareas campestres en su pueblo; pero los altaneros caciquillos sentían rencor hacia Zapata, pues siempre se vio y se comprobó que cuanto más insignificante era el poder del mandón a sueldo del gobierno o del hacendado, más grandes eran sus odios contra el osado que se le enfrentaba sin más apoyo que la razón y la justicia.

Zapata, blanco de capataces y de jefes políticos, hubo de ausentarse de su tierra natal y fue a prestar sus servicios como arrendador de los finos caballos de un señor Martínez, de origen español, residente en Chietla, Puebla. El resto, lo escribe en letras de molde la historia de los héroes de México. Hoy, celebramos al Héroe de México, a 99 años de su muerte, Mi General, Emiliano Zapata.